Madres que cobijan

Madres que cobijan
07-05-2019 Tags: ,

Especial día de las madres

Estos testimonios son de hijas e hijos criados por madres no biológicas, pero en quienes encontraron amor, atención y preocupación. Historias de vida que comparten como una forma de agradecer a esas mujeres que lo dieron todo por ellos.

 

ESTRELLA VÁSQUEZ
Profesora de danza árabe

“Nací en Santiago, producto de una relación corta que tuvo mi madre a los 19 años. Con el paso del tiempo una de mis tías maternas se dio cuenta de que yo no recibía los cuidados necesarios y decidió llevarme al hogar de mis abuelos maternos, para que ellos se hicieran cargo. Tenía un año cuando eso sucedió. En ese entonces mis abuelos vivían con sus dos hijas, por lo tanto me crié con mis tías maternas como si fueran mis hermanas.

Tuve un papá-abuelo maravilloso y una mamá-abuela que estuvo preocupada de mí. Siempre recibí infinito amor y cariño de parte de ambos. Mi mamá-abuela me cuidó cada vez que me enfermé y permanecía noches completas a mi lado, y nunca hizo una diferencia entre sus verdaderas hijas y yo.

A los cinco años me di cuenta –por conversaciones familiares– que quienes yo consideraba mis padres eran en realidad mis abuelos. Desde entonces comenzaron mis miedos más profundos y no quería que en algún momento mis abuelos se aburrieran de mí y me devolvieran con mi padre o mi madre. Cuando aprendí a escribir recuerdo haberle escrito varias cartas a mi madre biológica durante muchos años de mi infancia, pero nunca tuve una respuesta. Eso me generó un sentimiento de profunda tristeza y abandono.

Recibí la primera visita de mi madre biológica cuando tenía seis años. Recuerdo que se había casado y estaba a punto de tener una hija. A mi padre lo conocí cuando tenía cinco años y desde entonces lo he visto solo tres veces más en mi vida. Es por ello que agradezco a Dios por haberme dado a mi madre-abuela, ella fue y será mi verdadera madre, pues me enseñó valores como la honestidad, lealtad y la perseverancia. Ella me enseñó a ser fuerte, me dio una buena educación y aprendí de su gusto por la cocina.

Cuando terminé la enseñanza básica fui forzada a regresar a Santiago y a permanecer en el hogar de mi madre biológica para comenzar la enseñanza media. Fue el período más difícil de mi vida, pues extrañaba mucho a mis padres-abuelos, a quienes también les costó la separación. La verdad es que nunca sentí a mi madre biológica como mi verdadera madre y nuestra relación nunca funcionó porque ella marcaba grandes diferencias entre sus hijas y yo; nunca recibí cariño de su parte y me sentía incómoda en su casa. Así es que en cuanto terminé la enseñanza media me independicé y comencé a trabajar y a estudiar al mismo tiempo… Y desde que eso ocurrió no he tenido contacto con ella.

Mi verdadera y única madre fue mi abuela. Lamentablemente ella falleció hace 12 años, a los 76. Alcanzó a conocer a mi hijo, a quien adoraba. Hoy me hace mucha falta, extraño sus regaloneos y sus abrazos… Mamita adorada, agradezco tu infinito amor, tu dedicación y tu inmensa bondad. Te amo con todo el corazón, ¡feliz día mamá! Besos al cielo”.


NORA UNDA
Artista plástica

“Mi madre es mi madre desde que tengo un año y ocho meses de edad. La historia comenzó por un accidente que tuve debido a negligencias de los adultos que me debían cuidar en ese momento. Jugando en la cocina sufrí una quemadura de tercer grado en mi rodilla derecha. Esto hizo que casi me amputaran mi pierna y ella –la mujer que se transformó en mi madre– desde ese instante me salvó, con gran fuerza y amor detuvo la decisión de los médicos y conservaron mi pierna.

Después de esta situación comenzó nuestra unión, nuestro lazo eterno entre madre e hija, una relación llena de amor, paciencia y comprensión. Ella es mi tía abuela materna. Según el árbol genealógico, hubiera tenido 50 años si hubiese nacido de ella, y a pesar de que no fue así siento que soy parte de ella desde las venas hasta el corazón. Mi madre me ha enseñado a ser fuerte, directa, loca y sonriente, me ha enseñado a ser feliz –por lo que soy–, a creer en mí, a no tener miedo, a enfrentar lo que me inquieta; y también he aprendido de ella, de su vida, de sus errores, de sus crecimientos, virtudes y de su fuerza.

Mi mamá es la más bella del mundo, es la más poderosa y maravillosa mujer que he conocido en mi vida y no cabe tiempo en el mundo para agradecerle todo lo que soy y ha hecho por mí. Agradezco todos los días de mi vida el tenerla conmigo, el poder abrazarla fuerte cuando nos vemos, el disfrutar hablar con ella todos los días, escucharla, reírnos juntas y decirle lo mucho que la amo. Mi mamá hace dos días cumplió 87 años y tiene más energía que nunca, aunque qué no daría por detener el tiempo o restarnos 10 años para estar más momentos juntas”.


JULIO FERNÁNDEZ
Mecánico en sistemas eléctricos de aeronaves

“Hasta mi cumpleaños 11 mi vida fue normal. A esa edad, y por conversaciones de pasillo, uno de mis primos escuchó que yo era adoptado y que los padres que yo conocía ante la ley eran mis tíos. En ese momento me hice millones de preguntas y no sabía si quería tener las respuestas de todas ellas. Mil veces me cuestioné cómo hubiese sido mi vida con mi madre biológica, quien es hermana de mi padre adoptivo.

Jamás fui el consentido de la casa ni menos una persona de piel, y pese a que no sentía una conexión de sangre con mi familia, siempre me sentí protegido. Todo se complicó cuando comencé a sentir que mis padres adoptivos hacían una diferencia entre su hija menor y yo, pero la verdad es que todo eso estaba en mi mente, porque yo adjudicaba esas diferenciaciones a que no era su hijo biológico, pero eran porque ella era una niña, sumando a que yo estaba en la etapa de la adolescencia.

Desde los 13 años hasta los 19 años mi vida fue trabajar y estudiar porque quería evitar el contacto con mis padres adoptivos, no porque ellos no me trataran bien o no me quisieran, sino por el hecho de que yo me sentía ajeno a esa familia y no tenía la valentía de preguntarles ciertas dudas que tenía. A los 20 años, y antes de salir de mi hogar, decidí hablar con mi madre adoptiva. Fue una conversación que me aclaró muchas dudas y en la que se resumieron muchos años de mi vida. Me di cuenta también de las decisiones erróneas que había tomado por mi inmadurez.

Esa mujer que me crió, que fue mi madre y me enseñó a ser fuerte, independiente, jamás sembró odio sobre mi madre biológica, por lo cual hoy podemos sentarnos a compartir todos juntos sin rencores. Siempre tuve a mi madre biológica cerca, aunque sentimentalmente lejos. Pero luego de hablar con mi madre adoptiva decidí hablar con mi madre biológica y preguntar el porqué de su abandono, y su respuesta fue sincera. Luego de eso nos abrazamos y lloramos. Hoy tengo la suerte de tener el amor de dos madres”.