¡De la Ligua soy!

¡De la Ligua soy!
10-09-2019 Tags:

Por: Lisette Ávila O.

Un olor y un sabor bastan para recordar algo de nuestro pasado, y eso es precisamente lo que evocan los tradicionales dulces de La Ligua, que hoy son parte de nuestro patrimonio gastronómico.

 

En la ruta 5 Norte, entre La Calera y el acceso a La Ligua, se ubican los vendedores de dulces con sus tradicionales pañuelos y delantales blancos. Algunos llevan trabajando en la carretera 35 años y en ella han atendido –a través de las ventanas de los autos y en los buses– a familias, parejas, a famosos y a personas que viajan solas. Una tradición dulcera que tiene su origen en la ciudad de La Ligua y que este año ha sido reconocida por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio como Patrimonio Cultural Inmaterial.

Chilenitos, cachitos, cocadas, empolvados, palitas, alfajores, mantecados y las empanadas de alcayota son algunos de los pasteles más característicos de esta tradición dulcera que tiene dos posibles orígenes, según la historia local. La primera hipótesis es que habría sido introducida por las monjas agustinas de España, quienes los fabricaban para la congregación y también vendían al público. Y la segunda es que habría llegado con las familias que emigraron desde Copiapó a La Ligua huyendo de la crisis económica y buscando nuevas oportunidades laborales.

En los primeros años la comercialización de los dulces se realizaba en la estación ferroviaria llamada ‘La Ligua’, en la exlínea longitudinal del norte de Chile, que recorría desde La Calera hasta Punta Colorada (Región de Atacama). En el libro ‘Cuentos de mi Tierra’, lanzado por el Museo de La Ligua, hay una historia titulada ‘Dulce, Corazón y Torta’, que da cuenta de lo que ocurría en 1900 en torno al tren. “En los inicios del ferrocarril, allá por el 1900, las dulceras como mi abuela pregonaban: ‘Dulce, corazón y torta de La Ligua, lo mejor. Hechos por mis manos ofrecemos al señor dulce, corazón y torta’”. Este extracto del cuento describe una escena cotidiana de las llamadas ‘palomitas’, vendedoras que se apostaban en el andén con sus canastos llenos de dulces.

A partir de 1960 los tejidos de la zona atrajeron a comerciantes y turistas que conocieron y probaron los exquisitos pasteles artesanales hechos por familias emprendedoras. Una fama que creció con el tiempo llegando a comercializarse en las playas de la Región de Valparaíso, en la carretera y en los terminales de buses.

El 17 de mayo de 2013 el Ministerio de Economía, Fomento y Turismo, junto al Instituto Nacional de Propiedad Industrial, reconoció los dulces de La Ligua como patrimonio cultural, otorgándoles el título de ‘Denominación de Origen’, programa que busca fomentar el uso y la protección de los productos tradicionales chilenos a través del registro de ‘Indicaciones Geográficas (I.G.)’, ‘Denominaciones de Origen (D.O.)’ y ‘Marcas Colectivas y de Certificación’, con el fin de impulsar el emprendimiento y desarrollo productivo de comunidades de nuestro país.

La reciente nominación entregada por el gobierno a los dulces de La Ligua busca salvaguardar la técnica artesanal y asegurar la transmisión de esta a las siguientes generaciones. Esto permitirá mantener la diversidad cultural frente a la creciente globalización, promoviendo el respeto a la diferencia y fomentando un sentimiento de identidad.

Herederos de una tradición

En 1968 la Reina Isabel II pisó por primera y última vez nuestro país, junto a su marido, el príncipe Felipe. El matrimonio estuvo una semana en nuestro territorio, recorriendo Santiago, Valparaíso y Pucón, en una visita inolvidable para los chilenos de la época. Fue en ese entonces cuando la monarca quiso ir hasta la ‘Fábrica de Dulces Elba’ para comprar los tradicionales dulces de La Ligua. Una historia que está en la memoria colectiva de los liguanos y de la familia que ha heredado el negocio que comenzaron Elba Meneses y Guillermo Fuentes.

Ingrid Diócares es esposa de José Antonio Garay, uno de los herederos de este negocio familiar. Cuenta que ellos han mantenido la tradición de fabricar sus dulces con manjar, harina y huevos caseros. “En un comienzo los dulceros trabajaban en sus casas y batían el betún horas y horas a mano, para luego ir a venderlos a la estación de trenes”, rememora.

Pronto esta pareja le traspasará la administración de la fábrica a su hijo Luis Antonio Garay. Ingrid dice que él será el encargado de preservar la técnica y así honrar la memoria de Elba, que si hoy estuviera viva tendría 100 años recién cumplidos.